pef Perspectivas de Investigación en Educación Física vol. 5, núm. 9, e044
abril-septiembre 2026. ISSN-e 2953-4372
Universidad Nacional de La Plata
Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación
IdIHCS (UNLP-CONICET)
Centro de Estudios e Investigaciones de Educación Física (CEIdEF)

Artículos

Más allá de los cuerpos controlados: legados de género y el futuro de la educación física en América Latina

Mark D. Biram
Universidad de Bilkent, Çankaya/Ankara, Türkiye
Cita sugerida: Biram, M. D. (2026). Más allá de los cuerpos controlados: legados de género y el futuro de la educación física en América Latina. Perspectivas de Investigación en Educación Física, 5(9), e044. https://doi.org/10.24215/29534372e044

Resumen: Este artículo presenta una reflexión crítica sobre la persistencia de los legados de género que siguen estructurando la educación física en América Latina, subrayando cómo muchas formas de discriminación han encontrado refugio en el discurso contemporáneo de la eficiencia de mercado. En un momento posfeminista, donde el neoliberalismo ha logrado mercantilizar e instrumentalizar el lenguaje del empoderamiento femenino, viejas jerarquías reaparecen bajo el léxico aparentemente neutral de la optimización, el rendimiento y la responsabilidad individual. Así, la igualdad se convierte en un eslogan gestionable y la exclusión se normaliza como resultado “natural” de la competitividad. Desde mi posición actual en Türkiye, donde emergen tensiones parecidas entre la modernización, conservadurismo y el control moral, analizo cómo este léxico neoliberal permite que discursos de inclusión encubran lógicas de disciplinamiento corporal profundamente arraigadas. Aunque las instituciones hablan de bienestar e innovación, las prácticas siguen clasificando cuerpos según parámetros productivistas que afectan de manera desproporcionada a las mujeres. De forma secundaria, retomo observaciones de mi trabajo de campo en Brasil y Colombia (2018–2019) para mostrar cómo estas dinámicas se manifiestan en el ámbito deportivo. El artículo propone una visión posneoliberal y feminista de la educación física que conciba el cuerpo como espacio de creatividad, relación y justicia social.

Palabras clave: educación física, género, neoliberalismo, posfeminismo, desigualdad corporal

Beyond Controlled Bodies: Gendered Legacies and the Future of Physical Education in Latin America

Abstract: This article presents a critical reflection on the persistence of gender legacies that continue to structure physical education in Latin America, highlighting how many forms of discrimination have found refuge in contemporary discourse on market efficiency. In a post-feminist moment, where neoliberalism has managed to commodify and instrumentalize the language of female empowerment, old hierarchies reappear under the seemingly neutral lexicon of optimization, performance, and individual responsibility. Thus, equality becomes a manageable slogan and exclusion is normalized as a “natural” result of competitiveness. From my current position in Türkiye, where similar tensions between modernization, conservatism, and moral control are emerging, I analyze how this neoliberal lexicon allows discourses of inclusion to mask deeply rooted logics of bodily discipline. Although institutions talk about well-being and innovation, practices continue to classify bodies according to productivist parameters that disproportionately affect women. Secondarily, I draw on observations from my fieldwork in Brazil and Colombia (2018–2019) to show how these dynamics manifest themselves in the field of sports. The article proposes a post-neoliberal and feminist vision of physical education that conceives of the body as a space for creativity, relationship, and social justice.

Keywords: Physical Education, Gender, Neoliberalism, Post-Feminism, Bodily Inequality

Introducción

En la segunda mitad de 2018 y la primera mitad de 2019 tuve la fortuna –gracias al apoyo significativo de mi institución en el Reino Unido en ese momento, la University of Bristol– de poder pasar un período de diez meses en Brasil y Colombia realizando una investigación etnográfica prolongada sobre el fútbol practicado por mujeres. Durante ese tiempo conviví e entrevisté a jugadoras sobre las múltiples barreras de género que enfrentaban al intentar hacerse un espacio dentro de instituciones deportivas profundamente vinculadas a un imaginario nacional altamente masculinizado.

Años después, ciertos episodios de ese período siguen muy presentes en mi memoria –porque simbolizan las múltiples formas de violencia simbólica a las que las atletas siguen siendo sometidas diariamente en el continente. Una combinación tóxica de microagresiones constantes y barreras estructurales dificulta que puedan ejercer plenamente sus derechos en distintos ámbitos. Quizá lo más importante para los fines de este artículo es que, en muchas ocasiones, la lógica que sostiene los prejuicios que enfrentan está tan naturalizada y es tan cotidiana que queda escondida a simple vista.

Mientras estuve en Santos FC, por ejemplo, recuerdo claramente cómo, con muy poco aviso, las jugadoras fueron trasladadas desde la superficie impecable y las instalaciones de alta tecnología del Campo de Entrenamiento Rey Pelé (CT Rei Pelé), la principal sede del club, hacia el pasto largo y totalmente inadecuado del Meninos da Vila (Chicos de la Vila Belmiro) Training Ground –una instalación de tercera categoría en el mejor de los casos, donde niños de tan solo siete años dan sus primeros pasos en el fútbol. Era evidente incluso para mí (que estoy lejos de ser atleta) que obligar a jugadoras profesionales a entrenar en esa superficie incrementaba enormemente el riesgo de lesiones. Y ese temor se materializó días después. Como era de esperarse, las jugadoras profesionales estaban indignadas por este trato de segunda categoría, aunque –y esto es lo más revelador– no estaban particularmente sorprendidas. Ya les había ocurrido varias veces. El mensaje sobre su lugar en la jerarquía del club era clarísisimo.

Apenas unos años antes, en 2014, el equipo femenino había sido desmantelado por completo para aumentar el salario de Neymar y retenerlo como símbolo del club y de la nación antes del Mundial de 2014. La estrategia no funcionó: Neymar se marchó en junio de 2013, mientras que las jugadoras de Santos tuvieron que buscar empleo en otros lugares (Goldblatt, 2014). Cuando las futbolistas empezaron a cuestionar sistemáticamente algunos de los peores tratos –tanto en Brasil como en Colombia– se encontraron con actitudes despectivas, paternalistas, misóginas y francamente agresivas. Este artículo recupera esas experiencias para analizar los factores que han normalizado prácticas discriminatorias tan evidentes y lamentables.

El comportamiento de clubes como Santos en esos momentos, por supuesto, no ocurrió en el vacío. Está enraizado en una mentalidad que se remonta al ethos de la educación física en América Latina y a un largo proceso histórico. Este modo de pensar ha sido cultivado y legitimado durante décadas a través de sistemas formales e informales de educación física en la región. Esos sistemas han (re)producido históricamente jerarquías profundamente marcadas por el género: determinando cuáles cuerpos son considerados capaces, dignos de celebración, y cuáles son relegados a la invisibilidad.

Al reflexionar sobre estas experiencias desde la perspectiva de la educación física, comprendí que lo que había presenciado en la cancha no era un acto aislado de irrespeto, sino la expresión cotidiana de un orden pedagógico profundamente arraigado. Desde los currículos escolares hasta los programas universitarios, desde los manuales de entrenamiento hasta los sistemas de identificación de talento, la educación física latinoamericana ha estado organizada en torno a ideales de control, medición y distinción –ideales que surgieron en el inicio del siglo XX como parte de proyectos de construcción nacional y que luego se consolidaron en discursos pseudocientíficos sobre higiene y eugenesia.

En ese sentido, la exclusión de las futbolistas de instalaciones adecuadas o de una inversión seria refleja la exclusión histórica de los cuerpos femeninos en los propios cimientos del conocimiento de la educación física. Como han señalado tantos investigadores en la región, el campo de la EF se construyó alrededor de una concepción profundamente masculinizada del atletismo: se exaltaba la fuerza, la resistencia y la disciplina, junto con otros elementos culturales, celebrando al cuerpo masculino como emblema de la nación y relegando la participación femenina a los márgenes de la estética, la salud y la moral (Martínez-Hoyos & Parra, 2023).

Un siglo después, las mujeres con las que hablé seguían negociando las consecuencias de esas lógicas disciplinarias: sus luchas por recursos y reconocimiento eran, en efecto, luchas heroicas contra los legados perniciosos de un sistema de educación física marcado por el género. Recuerdo la sensación de déjà vu cuando otra jugadora me contaba su historia: “Yo era la única pelada jugando en la cancha del barrio –en el colegio nunca me dejaban jugar, ¿entonces qué más podía hacer?”, me contó Yoreli Rincón, pionera del fútbol practicado por mujeres en Colombia. Rincón, que ha logrado vivir del fútbol en Estados Unidos, Noruega, Italia, Brasil y Suecia, es típica de una generación de jugadoras que crecieron sin un espacio formal para jugar. Tras la desconfianza inicial, los hombres del barrio terminaron respetando –y aceptando sin sentirse humillados– la presencia de una mujer talentosa en los partidos. Con frecuencia, un centro de gravedad más bajo, movimientos más ágiles y decisiones cognitivas más rápidas hacían que las jugadoras fueran particularmente difíciles de marcar o muy valiosas en los partidos.

Las palabras de Rincón resonaban con las de Tayla Pereira dos Santos y Rosana dos Santos Augusto (dos jugadoras de la selección brasileña), Carmen Rodallega (una de las jugadoras más veces convocadas en Colombia) y Maurine Gonçalves, entre otras figuras representativas que lograron abrirse camino pese a las barreras institucionales.

Más allá de la falta de espacios formales, su exclusión está profundamente relacionada con imaginarios sociales que delimitan (o mejor dicho, vigilan cuidadosamente) qué deportes son “adecuados” para las mujeres. Esta perniciosa clasificación de actividades apropiadas según el género es común en los sistemas educativos de la región. Se manifiesta en Brasil, por ejemplo, un país donde el voleibol femenino tiene una tradición muy sólida. Pasa algo similar en India y Türkiye: las mujeres destacan en badminton en el caso del primero o voleibol en el segundo, mientras que los deportes masculinos dominantes –críquet y fútbol, respectivamente– permanecen como territories altamente masculinos en el imaginario social. En Estados Unidos, el “soccer” femenino prospera precisamente porque no compite con los deportes masculinos hegemónicos: fútbol americano, béisbol y baloncesto. Australia y Nueva Zelanda llevan décadas destacando en netball y hockey femeninos, pero las mujeres han hecho muchos menos avances en rugby o críquet, deportes profundamente asociados con la masculinidad.

Más que en ningún otro aspecto, lo que más me atrajo a estudiar el fútbol femenino en Brasil y Colombia en el siglo XXI fue lo anómalo que resultaban ambos países dentro del panorama global. La dominación del deporte por los países ricos del Norte Global es evidente –y comprensible, considerando el enorme nivel de subsidio y promoción que ha tenido el fútbol femenino en lugares como España. Mi intuición era que los avances considerables de las mujeres brasileñas y colombianas en las últimas dos décadas habían sido logrados nadando contra la corriente: sin infraestructura, sin financiamiento y frente a actitudes institucionales de marcada indiferencia. La casi total ausencia del fútbol practicado por mujeres en los sistemas educativos, junto con la resistencia obstinada de los guardianes masculinos del deporte a ceder terreno, convertían al fenómeno en un objeto de estudio que iluminaba toda una serie de dinámicas sociales más amplias.

Todo esto conduce a una pregunta urgente: si estas situaciones son, en parte, producto de políticas escolares vigentes en América Latina, ¿en qué debería centrarse la educación física hoy en día?

Si asumimos –con toda razón– que sus instituciones han sido históricamente cómplices en (re)producir jerarquías de género, raza y clase, entonces la pregunta lógica es otra: ¿cómo pueden ahora participar en desmontarlas?

¿Cómo puede la educación física re-imaginarse no como un mecanismo de disciplina corporal, sino como un espacio para el cuestionamiento, el diálogo y una experiencia genuina de libertad?

Responder a estas preguntas exige ampliar el horizonte. Debemos mirar tanto dentro como fuera de América Latina para construir la perspectiva más completa posible, dialogando con educadores de otras regiones que enfrentan tensiones similares e incorporando sus aprendizajes.

Mi experiencia viviendo en Türkiye, por ejemplo, me mostró una serie de luchas paralelas: encuentro con frecuencia mujeres deportistas que están negociando valientemente expectativas patriarcales dentro de instituciones que oscilan entre el ethos secularista de Mustafa Kemal Atatürk y un conservadurismo cultural marcado, que se irrita con solo pensar en la participación femenina. El equipo de voleibol femenino de Türkiye se ha convertido en un punto de choque entre discursos opuestos sobre la presencia de la mujer en el deporte, recibiendo tanto elogios efusivos como críticas retrógradas de la peor calaña (Biram & İstif İnci, 2025).

En los sectores más insulares de la sociedad, la mera participación de deportistas LGBTQ+ ha sido motivo para que ciertos medios conservadores etiqueten a algunas jugadoras como “desviadas sociales”. Por supuesto, los debates son más complejos de lo que permite este espacio; baste decir que van mucho más allá de una dicotomía simplista, y que el éxito del voleibol femenino turco no debería sorprender a quienes conocen las múltiples visiones progresistas que conviven en el país.

En cualquier caso, me desvío. El punto es que los profesionales de la educación física, tanto en Türkiye como en América Latina, viven atrapados entre imitación y resistencia. Estas condiciones compartidas sugieren que la transformación de la educación física en América Latina podría enriquecerse enormemente a través de una conversación transnacional –una conversación que descarte tanto la importación acrítica de modelos del Norte Global como una postura excepcionalista y defensiva que a veces surge en contextos poscoloniales.

Al final, el trato recibido por las futbolistas en Brasil y Colombia no debería solo indignarnos; también debería llevarnos a replantear los fundamentos epistemológicos de la educación física. Si la educación del cuerpo sigue ignorando las fuerzas sociales que determinan qué cuerpos importan, existe el riesgo claro de perpetuar las mismas exclusiones que afirma querer combatir.

La tarea, entonces, es cultivar una educación física que reconozca la corporalidad como política, el género como estructura, y la igualdad como práctica pedagógica –no como aspiración vacía.

Aunque el lenguaje de la educación física latinoamericana se ha “renovado” en décadas recientes –pasando del vocabulario de la higiene y la disciplina al de la modernización, el rendimiento y la inclusión– la lógica subyacente resulta alarmantemente familiar. La era neoliberal en la región ha reciclado ideales patriarcales y eugenésicos de control corporal bajo un nuevo revestimiento: la responsabilidad individual y la autosuperación regida por el mercado. Si la educación física del siglo XX buscaba producir “ciudadanos aptos” para la nación, los programas contemporáneos buscan producir sujetos “competitivos”, aptos para la economía global.

En ambos casos, el cuerpo femenino es disciplinado desde una misma matriz: debe verse “en forma”, actuar con resiliencia, encarnar una idea de empoderamiento que no cuestione las estructuras que imposibilitan el progreso real hacia la igualdad. Bajo la apariencia de avance, la educación física neoliberal continúa valorando el control, la medición y la optimización –re-empaquetando jerarquías de género y clase como si fueran elecciones libres y emancipadoras. Lo que se presenta como reforma progresista es, en verdad, la persistencia del mismo régimen de control corporal, ahora con un léxico gerencialista más sofisticado.

Modernización sin transformación: la educación física bajo el neoliberalismo

En las últimas décadas, la educación física latinoamericana ha atravesado lo que, a primera vista, parece un proceso acelerado de modernización. Se han reescrito currículos, se han introducido nuevas tecnologías y términos como inclusión, innovación y bienestar integral se han vuelto moneda corriente en los documentos oficiales. Facultades y ministerios han aprendido a hablar el lenguaje de la modernidad con fluidez –pero con frecuencia de manera superficial. Los marcos basados en competencias, la autonomía corporal y el monitoreo digital del propio rendimiento se han convertido en lugares comunes (Falabella, 2021). Sin embargo, bajo esa superficie retórica persiste una continuidad ideológica notable. El cuerpo –sobre todo el cuerpo femenino– sigue siendo algo que se debe gestionar, medir y mantener bajo control. Dicho de otro modo: lo que podríamos llamar la gramática del control permanece intacta.

El giro neoliberal en la educación en toda la región ha reformulado la disciplina corporal como autogestión. Mientras que el modelo estatal tradicional exigía conformidad en nombre de la salud y la productividad nacionales, el nuevo modelo exige lo mismo en nombre de la responsabilidad individual. El discurso es seductor: ahora el estudiantado está “empoderado” para controlar su propio estado físico, su dieta, su bienestar. Como bien argumenta Fisher (2009) el neoliberalismo fomenta un individualismo competitivo tan radical que rompe violentamente con la idea de que la acción colectiva puede transformar la realidad. Al convertir a cada persona en una microempresa, el sistema socava la solidaridad y neutraliza cualquier proyecto político común. Es decir, este empoderamiento funciona, en realidad, como un eufemismo de privatización encubierta: el traslado de la responsabilidad colectiva hacia el cuerpo individual. Quienes no cumplen los nuevos estándares de salud y disciplina ya no son “ciudadanos no aptos”, sino “consumidores improductivos”. La lógica del mercado –no la de la nación– se convierte en la fuerza que organiza la jerarquía moral de los cuerpos. Para las mujeres, este cambio no ha supuesto liberación alguna. De hecho, el énfasis neoliberal en la autooptimización suele reproducir las mismas jerarquías de género que los modelos anteriores justificaban bajo el paraguas de la “ciencia”. El ideal del cuerpo femenino en el discurso contemporáneo de la salud –tonificado, delgado, autocontrolado, pero estéticamente “apropiado”– es descendiente directo de antiguos códigos eugenésicos y morales. En ambos casos, el cuerpo se evalúa según normas externas de respetabilidad, productividad y corrección sexual. Ha cambiado el vocabulario: donde antes se hablaba de “gracia” e “higiene”, ahora se habla de “empoderamiento” y “bienestar”.

En mi trabajo de campo con futbolistas en Brasil y Colombia, observé de primera mano lo fácil que es que el lenguaje de la modernidad oculte la continuidad. El impulso por “profesionalizar” el fútbol femenino se presentaba como evidencia de progreso. En Colombia, especialmente, la afirmación de que la federación había logrado consolidar un “fútbol femenino profesional” contrastaba radicalmente con la realidad de jugadoras contratadas por solo dos o tres meses al año, sin seguro médico, sin pensión y sin beneficios mínimos (Mina Martinez, 2023). El discurso institucional hablaba de igualdad, visibilidad y respeto, pero la realidad era que muy poco había cambiado.

La cultura institucional en torno a estas reformas seguía impregnada de paternalismo, control y una alarmante falta de transparencia. En Santos, cuando trasladaron abruptamente a las jugadoras del impecable King Pelé Training Ground a una cancha juvenil desigual, aquello no fue un descuido administrativo: fue un recordatorio velado de la jerarquía –de qué cuerpos tienen prioridad.

Esta dinámica refleja lo que ocurre en toda la educación física latinoamericana. A los docentes se les insta constantemente a “actualizar” sus prácticas mediante plataformas digitales y datos de rendimiento, pero casi nunca se les invita a cuestionar las epistemologías que sostienen esas prácticas que supuestamente deben modernizar. En talleres y congresos se habla de “inclusión de género”, pero la estructura del currículo sigue privilegiando la competencia, la medición y la obediencia –valores cercanos a la productividad neoliberal, no a la pedagogía feminista. El cuerpo debe, siempre, rendir. Debe demostrar su valor. Lo que el reformismo neoliberal ha logrado, entonces, no es la liberación respecto a los viejos regímenes de control, sino su reempaque.

El profesor tradicional del siglo XX –el que moralizaba sobre la modestia femenina y la fortaleza masculina– ha sido reemplazado por el influencer de estilo de vida o el emprendedor del fitness, igualmente comprometidos con moldear cuerpos dóciles y disciplinados a través del nuevo vocabulario de la motivación y el crecimiento personal. Ambos comparten la misma lógica foucaultiana del “conducir la conducta”: internalizar la disciplina como si fuese libertad (Foucault, 2008).

Hoy, la educación física latinoamericana está en una encrucijada. Para modernizarse de verdad, debe mirar más allá de la estética de la innovación y confrontar el sedimento ideológico que ha moldeado sus pedagogías por más de un siglo. La pregunta no es si los estudiantes pueden registrar su frecuencia cardíaca en un tablero digital, sino si el sistema sigue codificando el género y la clase en su percepción de lo que su cuerpo puede o no puede hacer.

Mirar más allá de la región: reflexiones comparativas

Durante mi tiempo en Türkiye, me impactó una tensión que reconocí de inmediato por mis experiencias en América Latina: la coexistencia de modernización y control moral. Gimnasios, escuelas y universidades hablan con soltura el lenguaje de la “innovación”, el “bienestar” y la “inclusión”, pero sus estructuras institucionales suelen reproducir ideologías conservadoras sobre el género y el cuerpo. Los currículos de educación física enfatizan la ciencia moderna, pero las expectativas sociales implícitas –qué deben vestir las mujeres, cómo deben moverse, qué ejercicios se consideran “adecuados”– siguen cargando el peso de códigos patriarcales más antiguos. Su retórica puede sonar secular, pero la lógica subyacente huele claramente a moralismo revestido de modernidad.

Este paralelismo entre Türkiye y América Latina subraya un punto crucial: los patrones ideológicos que moldean la educación física no son exclusivos de una región. En todo el Sur Global pueden rastrearse contradicciones similares: momentos en los que el deseo de progreso choca con modelos heredados de control corporal. En ambos casos, la modernización suele concebirse como un viaje hacia el “mundo desarrollado”, medido mediante marcos pedagógicos importados y agendas de financiamiento internacional. Sin embargo, esa aspiración puede reforzar las mismas jerarquías que pretende superar.

Lo que une a estos contextos es una ansiedad compartida por la respetabilidad y por la imagen nacional. Ya sea en São Paulo o en Ankara –ciudades sorprendentemente parecidas en muchos sentidos–, la educación física y el deporte se imaginan como vehículos de un ideal de modernidad nacional: una ciudadanía disciplinada, saludable y moralmente correcta que proyectará progreso hacia el exterior.

Pero dentro de esa visión, los cuerpos de las mujeres siguen tratándose como símbolos de la virtud nacional, no como agentes de su propia expresión. Cuando las atletas transgreden estas normas –al jugar fútbol, boxear, luchar, o simplemente hablar– se les acusa de traicionar no solo la feminidad, sino también la decencia nacional. Por eso la educación física no puede separarse de las luchas culturales más amplias: es uno de los espacios donde género, nacionalismo y modernidad se encuentran y se disputan de forma más visible.

En Brasil y Colombia, cada jugadora que conocí estaba transgrediendo estas normas todos los días. La única manera de evitar esa transgresión sería aceptar, sin resistencia, las categorías arbitrarias que determinan qué deportes son masculinos y cuáles femeninos. Como señalé antes, en Brasil y Türkiye, el voleibol femenino se percibe como socialmente aceptable. El fútbol femenino, en cambio, constituye una incursión seria en territorio masculino –sobre todo en el país que se autodenomina la “patria del fútbol” (Goellner, 2005).

De cara al futuro de las sociedades latinoamericanas, sería un error refugiarse en un provincialismo defensivo que rechaza automáticamente todas las ideas provenientes del Norte Global como imposiciones imperiales. La inversa esnobismo que a veces aparece en debates poscoloniales –esa negativa a dialogar con tradiciones europeas– corre el riesgo de aislar a la educación física latinoamericana de conversaciones globales en las que tiene mucho que aportar. Los sistemas europeos, por supuesto, no están libres de contradicciones neoliberales; sus fracasos y tensiones también ofrecen lecciones valiosas. En algunos lugares de Europa occidental, por ejemplo, pedagogas feministas han desarrollado enfoques críticos que cuestionan explícitamente la cuantificación del cuerpo y la mercantilización del fitness. Estas perspectivas resuenan profundamente con las experiencias de las futbolistas latinoamericanas, quienes han redefinido la profesionalización no como obediencia, sino como agencia colectiva.

El desafío real, entonces, es construir un diálogo saludable –no jerárquico– entre América Latina, el Norte Global y otras regiones del Sur Global. He vivido en las tres, y puedo afirmar que ese diálogo puede ser profundamente fructífero si se construye de manera horizontal, no aspiracional. Debe ser un proceso de aprendizaje mutuo basado en experiencias compartidas de desigualdad y restricciones de género: conectar a la profesora turca que navega el conservadurismo religioso, con el entrenador colombiano que enfrenta el machismo institucional, y con la educadora española que combate la burocracia neoliberal.

Todos estos actores enfrentan diferentes versiones de la misma pregunta de fondo: ¿quién decide para qué sirve el cuerpo? Para América Latina, esta perspectiva comparativa es urgente. Con demasiada frecuencia, los proyectos de reforma se conciben en términos exclusivamente nacionales (mirando hacia adentro para preservar la autenticidad) o –aún peor– en términos deferentes (mirando hacia afuera para imitar estándares europeos). Ambas posturas pierden la oportunidad de situar la experiencia latinoamericana dentro de una conversación global sobre género, cuerpo y educación. La solución no es “provincializar Europa”, sino descentrarla, para mostrar que la tarea de reimaginar la educación física pertenece a todas las regiones. Las estructuras de control sobre los cuerpos en São Paulo o Bogotá no son anomalías locales, sino expresiones de epistemologías globales del poder. Romper con ellas requiere solidaridad, no aislamiento; diálogo, no repliegue.

Cuando pienso en las jugadoras que conocí en Brasil y Colombia, lo que más recuerdo no son solo los obstáculos que enfrentaron, sino la dignidad tranquila con la que resistieron la violencia simbólica cotidiana. Muchas de estas agresiones no eran espectaculares –aunque también las hubo–, sino pequeñas rutinas diarias: los cambios de horario que las enviaban a canchas inadecuadas, los comentarios invasivos sobre su sexualidad, la constante sensación de que su compromiso y bienestar valían menos que los de sus pares masculinos. Estos actos de irrespeto estaban institucionalizados, tan profundamente tejidos en la estructura del deporte que resultaban invisibles para quienes se beneficiaban de ellos.

Con el tiempo comprendí que estas experiencias no estaban aisladas del mundo de la educación física: eran, en muchos sentidos, su consecuencia lógica. Las jerarquías de género que observé en el fútbol profesional nacieron décadas antes, en la clase de educación física, donde se enseñó a niñas y niños a habitar sus cuerpos siguiendo guiones que los precedían. Incluso en currículos supuestamente progresistas, estas distinciones persisten, reempaquetadas en un lenguaje más aceptable.

La continuidad es clara. Las mismas ideas eugenésicas que antes justificaban la vigilancia moral sobre los cuerpos femeninos han sido absorbidas por los discursos contemporáneos del bienestar y la autosuperación. El vocabulario se suavizó, pero la ideología permanece. Donde antes se buscaba producir una ciudadana “disciplinada” y “moral”, ahora se busca producir una mujer “auto-regulada” y “optimizadora de sí misma”. En ambos casos, el cuerpo se concibe como un objeto que debe gestionarse, no como un medio para la libertad.

Para las mujeres, esta gestión es especialmente onerosa: sus cuerpos se vuelven sitios de vigilancia constante –desde las instituciones, desde la sociedad y desde ellas mismas.

En este escenario, las futbolistas que entrevisté no eran únicamente atletas: también eran teóricas del cuerpo en resistencia, aunque no siempre lo expresaran en esos términos. Sus prácticas, improvisaciones y hasta sus frustraciones revelaban hasta qué punto el cuerpo puede convertirse en un espacio de desafío epistemológico: una forma de conocer y resistir que no cabe del todo en el lenguaje de la política educativa o del currículo oficial.

Cuando las jugadoras me contaban con orgullo cómo ocuparon espacios masculinos en su infancia –las canchas del barrio, el asfalto, los potreros, los parques– esas historias no eran simples anécdotas. Eran filosofías encarnadas, lecciones vividas que cuestionan la lógica patriarcal del control corporal que ha dominado durante tanto tiempo la educación física.

Y esto nos lleva a pensar cómo podría ser una educación física verdaderamente transformadora. Si el objetivo no es producir cuerpos controlados, sino cuerpos autónomos, entonces la EF debe abandonar los binarismos que sustentan tanto los modelos tradicionales como los neoliberales. Debe dejar de tratar el género como una categoría de restricción y empezar a tratarlo como un campo de creatividad, relación y apertura. Aquí, las pedagogías feministas y decoloniales tienen un papel fundamental. No se trata de preguntarnos cómo hacer que las niñas “encajen” en las estructuras deportivas existentes, sino de preguntarnos cómo transformar esas estructuras. En términos prácticos, esto podría significar repensar los currículos que dividen actividades por género o por supuesta capacidad. Podría significar priorizar la colaboración y el cuidado sobre la competencia como valores pedagógicos centrales. Significaría tratar la expresión corporal –sea a través de la danza, del juego, o del movimiento no competitivo– como práctica educativa seria, no como recreación marginal.

Y, sobre todo, exigiría que las y los docentes reflexionen sobre su propia historia corporal: cómo su formación profesional ha sido moldeada por normas de género no examinadas, y cómo esas normas solo pueden desaprenderse mediante el diálogo y la práctica crítica.

Desde esta perspectiva, la educación física no es simplemente entrenamiento del cuerpo; es reeducación de la percepción. Es un espacio donde las jerarquías sociales pueden sentirse, discutirse y potencialmente reconfigurarse. La clase, el gimnasio o la cancha no son terrenos neutrales: son lugares donde la ideología se reproduce o se resiste –a veces simultáneamente.El reto es convertirlos en espacios donde el movimiento pueda convertirse en pensamiento crítico en acción.

El fútbol femenino y la generación de jugadoras que han transgredido normas en todo el continente ya ofrecen los cimientos de esta pedagogía. A pesar de la falta de apoyo institucional, han generado espacios de aprendizaje y solidaridad que encarnan valores que muchos sistemas de educación física solo proclaman en teoría: respeto mutuo, resiliencia, creatividad y comunidad. Reconocer su aporte implica aceptar que no son meras “beneficiarias” de la reforma, sino co-autoras de una nueva filosofía del cuerpo: una basada en la libertad, no en la conformidad.

Reimaginar la educación física: una visión posneoliberal

Para superar las contradicciones que han definido la educación física latinoamericana, es necesario comenzar por redefinir qué se considera conocimiento sobre el cuerpo. Durante demasiado tiempo, ese conocimiento ha estado monopolizado por jerarquías pseudocientíficas que miden el valor corporal en términos de fuerza, belleza o disciplina. Una visión posneoliberal exige abandonar esa obsesión con el rendimiento y reclamar el cuerpo como un espacio de relación, imaginación y justicia. Esto no implica rechazar la ciencia o renunciar al rigor; implica desplazar la idea de que medir equivale a comprender. La tarea más urgente para las y los educadores no es producir ciudadanos “más aptos”, sino más libres. La educación física debería ser una práctica de emancipación: un espacio para aprender a sentir, a colaborar, a habitar el espacio de formas nuevas. En un continente donde la desigualdad social suele inscribirse en el cuerpo –a través de la pobreza, el racismo o el género–, la EF puede convertirse en un espacio de solidaridad en lugar de un mecanismo de clasificación.

El primer paso es la descolonización, entendida no como eslogan sino como una pedagogía cotidiana con efectos reales. Esto significa incorporar prácticas comunitarias de movimiento que han existido históricamente fuera de la escuela: círculos de capoeira, juegos indígenas, danzas comunitarias, prácticas corporales afrodescendientes. Integrarlas en la EF cuestiona el canon eurocéntrico de la disciplina corporal y ofrece al estudiantado formas de moverse que conectan el aprendizaje físico con la memoria cultural y el sentido social.

El segundo paso es una reconstrucción feminista. Como reveló mi experiencia en el fútbol femenino, la desigualdad de género en el deporte y la EF no es solo un problema de acceso, sino un problema epistemológico: ¿quién define qué movimientos tienen valor? Las pedagogías feministas pueden ayudarnos a reformular la evaluación, pasando de la clasificación competitiva a la reflexión colectiva. En vez de preguntar quién corre más rápido o salta más alto, se puede preguntar: ¿Qué te enseñó este movimiento sobre la relación, la confianza, el coraje? Así, la EF deja de ser un mecanismo de comparación y se convierte en un lenguaje de crecimiento compartido. El tercer paso –y quizás el más importante– es repensar la formación docente. Las y los docentes necesitan herramientas para cuestionar los sistemas que moldean su práctica:

El desarrollo profesional debe abrir espacios de diálogo crítico, donde educadores de distintas regiones –América Latina, Türkiye, África, Asia– aprendan de las luchas de los demás. Estas alianzas Sur–Sur permitirían situar la EF latinoamericana no como imitación periférica de modelos europeos, sino como parte de un proyecto global de liberación corporal.

Finalmente, una visión posneoliberal debe atender la cuestión del cuidado. En un continente marcado por la violencia, la desigualdad y la fragmentación social, el cuerpo suele ser un sitio de trauma. La EF puede desempeñar un papel reparador cuando coloca el cuidado en el centro: cuidado de sí, cuidado del otro, cuidado de la comunidad.

Y conviene enfatizarlo: El cuidado no es blandura; es una responsabilidad radical.Rechaza la retórica militarizada del aguante y redefine la fuerza como la capacidad de sostener y ser sostenido. Nada de esto será fácil. Las instituciones cambian lentamente (cuando cambian), y las ideologías incluso más despacio. Pero el primer paso es imaginar lo contrario:creer que el movimiento puede ser un pensamiento, que el aula puede ser un laboratorio de renovación social, que la educación física puede formar personas no para servir al mercado, sino para servir a la democracia. La educación física latinoamericana ha entrenado cuerpos durante más de un siglo para servir a ideales externos –la nación, la economía, el orden moral. Es hora de que empiece a entrenarlos para servir a la libertad.

Conclusión

Cuando pienso en aquel período de diez meses en Brasil y Colombia, vuelvo una y otra vez a la imagen de las jugadoras de Santos paradas sobre ese pasto irregular: frustradas, pero serenas; plenamente conscientes de que no estaban presenciando un simple desaire aislado, sino un síntoma de algo más amplio, más profundo, más estructural. Su indignación era silenciosa, pero –para mí– era cristalina. Entendían que aquello no se trataba de una sola cancha ni de un solo entrenamiento, sino de la política de quién puede moverse con libertad y quién debe, siempre, pedir permiso.

Esa imagen se quedó conmigo porque resume la magnitud de los desafíos que la educación física latinoamericana debe afrontar si quiere transformarse en algo más que un repertorio de eslóganes y rebrandings. El campo está en una encrucijada: entre un futuro que repite el vocabulario del empoderamiento sin redistribuir el poder, y otro que reimagina el cuerpo como espacio de libertad e igualdad. La paradoja del momento actual es evidente: incluso cuando los sistemas de EF adoptan el lenguaje de la modernización y la inclusión, suelen reproducir las mismas exclusiones que los han marcado durante generaciones. Las formas han cambiado –del moralismo nacionalista a la autogestión neoliberal–, pero la función sigue siendo la misma: regular el cuerpo al servicio de la autoridad.

Si existe alguna esperanza, reside en el diálogo. Diálogo sincero entre educadores de distintos continentes; entre pensamiento feminista y pensamiento decolonial; entre docentes y las comunidades a las que sirven. Un diálogo que no sea un intercambio cortés, sino una confrontación productiva: la voluntad de nombrar el poder y de imaginar alternativas. Durante mi estancia en Türkiye vi cómo estos intercambios podían desestabilizar certezas profundamente arraigadas. Ver las mismas contradicciones desplegarse en otro contexto cultural me recordó que estas luchas son globales y que la solidaridad puede ser tan corporal como la opresión.

Las futbolistas que conocí no estaban esperando que las instituciones se reformaran para empezar a actuar; ya estaban haciendo el trabajo transformador a través de su práctica cotidiana. Habían construido pedagogías informales de resistencia: formas de aprender, moverse y relacionarse que encarnaban una ética de cuidado y desafío. En sus movimientos, la educación física del futuro ya estaba siendo ensayada.

Construir sobre ese futuro exige luchar contra las lógicas heredadas de jerarquía y rendimiento. Significa aceptar que el progreso no es lineal y que la emancipación empieza por escuchar –al cuerpo, a la historia, al otro. Porque, al final, enfrentamos las mismas batallas una y otra vez: no hay victoria final, ni derrota final, solo versiones distintas de los mismos combates, rebautizados bajo nuevos nombres.

La educación física no puede salvar por completo a nuestras sociedades, pero sí puedeayudarlas a moverse de otra manera: menos al servicio del poder, más al servicio de la gente, como debería ser en naciones verdaderamente progresistas y con visión de futuro.

Referencias bibliográficas

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Recepción: 12 octubre 2025

Aprobación: 20 octubre 2025

Publicación: 1 abril 2026



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